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sábado, 26 de octubre de 2013

Soy un adicto

Escrito por David Araya D.

Ser adicto es el estado más honesto de nuestra existencia.

Se puede ser adicto al sexo, la violencia, la tristeza, el alcohol, la empatía, el egoísmo, la marihuana, el orden, los antidepresivos o cualquier cosa que se pueda tener, consumir, hacer, sentir o pensar.

Tenemos junto con nuestras adicciones, un amplio y estricto menú de cosas que debemos tener, consumir, hacer, sentir y pensar para que el colectivo, que llamamos sociedad, nos acepte como individuos sanos. Es una lista falsa de lo que debemos ser, pero no lo somos. Nadie cumple con esta amplia y estricta lista.


Por ejemplo: Llorar, mientras sea honesto, es cuando se expresa el sentimiento acumulado. Lo cual es vital. Sin embargo, los que crearon la lista nos dicen que “el que llora lo hace porque está triste y quien es triste no es feliz y yo-debo-ser-feliz por lo tanto no debo llorar.”

Ahora, expresar lo que se siente es necesario y hay personas a las que les gusta usar el llanto como medio para expresar los sentimientos, aunque solo sea expresarlo a sí mismas. Llorar puede repetirse múltiples veces en un corto plazo de tiempo y se puede llegar a llorar sin control.

Por lo tanto, se puede ser adicto a llorar, pero nadie puede llorar todo el tiempo, algunos lo intentan y la sociedad, al no poder convivir con alguien que no detenga ni un minuto su llanto, lo aísla, lo encierra en un manicomio, lo señala con el dedo y le grita que está loco.

(Se puede aplicar el ejemplo a cualquiera de las opciones de adicción del segundo párrafo)

Por lo tanto, la adicción es la justificación de la sociedad para asignarles locuras a las personas, ser adicto o estar loco es equivalente a no encajar en lo que se debe-de-ser, es preparar comida que no está en el menú de lo correcto.

Por ejemplo: Los efectos de una droga, sea legal o ilegal, modifican lo forma  en que percibimos las cosas y tal vez también la cantidad de cosas que percibimos. La amplia historia de las drogas demuestra como el ser humano siempre ha frecuentado estos estados alterados de conciencia. Se frecuentan porque el individuo necesita ser diferente a lo que la sociedad le dice que debe-de-ser.

Pero si una persona se mantiene siempre en un estado alterado de conciencia actuará con respecto a este estado y por lo tanto actuará de forma alterada con respecto al resto de la sociedad y esta lo aísla, lo encierra en un manicomio, lo señala con el dedo y le grita que está loco.

Sin embargo, es gracias a los individuos que son abiertamente como no-deberían-de-ser que las sociedades cambian. La adicción que poseamos nos ayuda, para bien o para mal, a ver la inmensa cantidad de realidades y comportamientos que podríamos tener y esto nos lleva a darnos cuenta que no tenemos por qué cumplir con la lista y que el menú está preparado por algunos chefs con mal gusto que no quieren que probemos la infinitud de opciones que podríamos tener.


Todos somos adictos y por lo tanto tenemos algo de locos. Dicho de otra forma, si llorar eternamente sin pausa estuviera en el menú, en las calles se escucharían llantos y en el manicomio el optimismo y las risas perderían su libertad.

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