Si bien, apenas entrando
hay un filtro, este es burdo e insignificante. Hay quienes llegan con sus
mejores galas, hay quienes van de paso, otros lo han esperado durante días y
también quienes lo planearon como “plan de noche” para un 30 de diciembre; pero finalmente, el 99 % de los
asistentes superaron la primera prueba y ahora sí, cada quien a lo que vino.
Recorrer
las irregulares y sucias calles del Campo Ferial, para mí, es recordar cuando
me gastaba tardes enteras con mi tata, montándonos en cuanta cosa se me
ocurriera. Tiquetes invertidos en el Surf
2000 y moretes y raspones de la Tagada.
En el pasado Zapote lo
consideré como diversión. Y es que cuando terminó la niñez, era una tradición
del cole. Como punto de encuentro:
Gollo; y de pronto ya se había perdido la cuenta de las “promos” y el paquete
de cigarros ahora estaba vacío. La vuelta a casa era incierta, pero la cercanía
siempre estuvo a mi favor.
Fue lindo visitarlo hoy,
recordar y observar. Disfruté de mis 15 minutos de estancia viendo como Zapote
se convirtió (siempre fue) un punto de convergencia. Todos comparten un mismo
espacio, una cola para comprar comida, artesanía, cerveza o carrusel. No hay
discriminación (en lo que observé), la gente ríe, disfruta, grita… comparte.
En fin, me alegró mucho
saber (recordar) que sitios como estos se mantienen, siguen vivos y sobretodo que
se aprovechen para hacer de lo cotidiano un espacio de todos y para todos.
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