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miércoles, 25 de diciembre de 2013

Christopher y Mariana


Escrito por David A. Díaz

I

Tan solo unos minutos antes estaba con ella.


Mariana, una niña pequeña de piel morena, era un capullo de mujer que quitaba el aliento con su inocente sonrisa.

Todavía recuerdo como solía esconderse detrás de un árbol y se mostraba con un movimiento gracioso y delicado al inclinarse hacia un costado, una vez que yo realizaba el mismo gesto con mi cabeza, indicando que la había visto, ella volvía a esconderse para repetir lo mismo del otro lado del árbol como si fuera la primera vez que lo hiciera. Lo sorprendente era su sonrisa, cada vez que se escondía se escuchaba ese sonido cómplice, divertido, juguetón y delicado.

Su vestido verde con florecitas. Sus pies descalzos fuertes,valientes e inalcanzables.

Unos ojos tan honestos que me provocaban vergüenza de mí mismo. Al mostrar su pureza me recordaba, sin que esa fuera su intención, todos mis vicios.

Mariana, delicada y sencilla, de forma imperativa solicitaba que la acompañara en alguno de los juegos que su eterna imaginación inventaba.

La carga más grande que se puede llevar es ser el “adulto”, el “ejemplo a seguir”, el que “debe de cuidarla”, el que tiene las respuestas a sus curiosas y al fin de cuentas muy profundas preguntas.

II

Esto era lo que pensaba Christopher recordando lo sucedido. Ese acontecimiento que empezó cuando, sentado en el sillón, se dio cuenta de que su mano no se había movido desde hace ya varios minutos.

Con la palma hacia arriba, en una posición un poco extraña pero cómoda, la mano no se movía.

Él jugaba con Mariana, conversaba con ella y reían en el momento en que su mano inmóvil le empezó a incomodar. Pensó en moverla pero no lo hizo. Volvió a concentrarse en Mariana un tiempo y cuando llevo la atención de nuevo a su mano, se encontraba fríamente intacta, ajena, como si no le perteneciera.

Mariana ya se había alejado unos metros de él y jugaba sola en el piso de madera con algunos objetos amarillos, morados y azules.

¿Qué sucedía? Un pedazo de carne, hueso y piel colgaban de su hombro y la sensación subía por su brazo.

Ya no lograba reconocer si había perdido la voluntad de mover su brazo o si algo ajeno a él le impedía moverlo.

Vio a la niña demasiado lejos y cuando hizo el esfuerzo mental para ponerse de pie se dio cuenta que ese impulso no salió de su mente. Permaneció sentado en el sillón. Sus rodillas, sus pies, cada musculo de su pierna estaban ahí, Christopher los podía sentir, pero sin embargo había perdido la capacidad para darles cualquier mandato.

Impotencia, frustración y una sensación nauseabunda e incómoda como ninguna que hubiera experimentado jamás lo dominaban.

La niña caminaba alejándose aún más cuando con un grito seco, profundo y lleno de un sufrimiento infinito cayó al suelo.

Christopher, aterrorizado por el grito y el sentimiento agobiante de que algo inminente e irreparable había sucedido, gritó, o al menos eso pensó que hizo.

Ya su cuerpo no le pertenecía.

Completamente inmóvil sosteniendo un sentimiento constante que unificaba todo lo que se puede sufrir en un solo sufrimiento y unía todas las lágrimas en un solo gemido mudo, veía solamente el final del vestido verde con florecitas y los pies todavía fuertes, valientes e inalcanzables de Mariana tendidos en el suelo. El costado del sillón, que era su cárcel, le impedía ver el resto del delicado y diminuto cuerpo de su hija. Y mientras el sentimiento aumentaba eternamente, a pesar de que él en cada instante juraba que no podía existir sufrimiento mayor, vio en el suelo, alrededor de la niña, un color. Intenso y doloroso. Fue como si todo el resto se tornara gris y lo único que podía observar era esa maldita mancha roja que abrazaba a la flor más hermosa.

III

El tiempo se detuvo.

Sintió a unos centímetros a la izquierda de su oreja alegría infantil. Confundido miró y vio a su hija. Sin embargo estaba ella aún tendida en el suelo lejos de él pero al mismo tiempo se encontraba a su lado y le sonría como siempre lo había hecho.


Christopher con delicadeza llevo su mano a la mejilla sonriente de Mariana y la acarició. ¿Por qué? Le preguntó. Ella sonriente lo miró con infinita honestidad y le respondió, con su voz sencilla, delicada y pequeña, de la única forma que era posible. Con otra pregunta. ¿De qué otra forma hubieras cambiado la dirección de tu mirada y llevado tu mano a mi mejilla?

El tiempo siguió.

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