Escrito por David A. Díaz
I
Tan solo unos minutos antes
estaba con ella.
Mariana, una niña pequeña de piel
morena, era un capullo de mujer que quitaba el aliento con su inocente sonrisa.
Todavía recuerdo como solía
esconderse detrás de un árbol y se mostraba con un movimiento gracioso y
delicado al inclinarse hacia un costado, una vez que yo realizaba el
mismo gesto con mi cabeza, indicando que la había visto, ella volvía a
esconderse para repetir lo mismo del otro lado del árbol como si fuera la
primera vez que lo hiciera. Lo sorprendente era su sonrisa, cada vez que se
escondía se escuchaba ese sonido cómplice, divertido, juguetón y delicado.
Su vestido verde con florecitas.
Sus pies descalzos fuertes,valientes e inalcanzables.
Unos ojos tan honestos que me
provocaban vergüenza de mí mismo. Al mostrar su pureza me recordaba, sin que
esa fuera su intención, todos mis vicios.
Mariana, delicada y sencilla, de
forma imperativa solicitaba que la acompañara en alguno de los juegos que su
eterna imaginación inventaba.
La carga más grande que se puede
llevar es ser el “adulto”, el “ejemplo a seguir”, el que “debe de cuidarla”, el
que tiene las respuestas a sus curiosas y al fin de cuentas muy profundas
preguntas.
II
Esto era lo que pensaba Christopher
recordando lo sucedido. Ese acontecimiento que empezó cuando, sentado en el sillón, se dio cuenta de
que su mano no se había movido desde hace ya varios minutos.
Con la palma hacia arriba, en una
posición un poco extraña pero cómoda, la mano no se movía.
Él jugaba con Mariana, conversaba
con ella y reían en el momento en que su mano inmóvil le empezó a incomodar.
Pensó en moverla pero no lo hizo. Volvió a concentrarse en Mariana un tiempo y
cuando llevo la atención de nuevo a su mano, se encontraba fríamente intacta,
ajena, como si no le perteneciera.
Mariana ya se había alejado unos
metros de él y jugaba sola en el piso de madera con algunos objetos amarillos,
morados y azules.
¿Qué sucedía? Un pedazo de carne,
hueso y piel colgaban de su hombro y la sensación subía por su brazo.
Ya no lograba reconocer si había
perdido la voluntad de mover su brazo o si algo ajeno a él le impedía moverlo.
Vio a la niña demasiado lejos y
cuando hizo el esfuerzo mental para ponerse de pie se dio cuenta que ese
impulso no salió de su mente. Permaneció sentado en el sillón. Sus rodillas,
sus pies, cada musculo de su pierna estaban ahí, Christopher los podía sentir,
pero sin embargo había perdido la capacidad para darles cualquier mandato.
Impotencia, frustración y una
sensación nauseabunda e incómoda como ninguna que hubiera experimentado jamás
lo dominaban.
La niña caminaba alejándose aún
más cuando con un grito seco, profundo y lleno de un sufrimiento infinito cayó
al suelo.
Christopher, aterrorizado por el
grito y el sentimiento agobiante de que algo inminente e irreparable había
sucedido, gritó, o al menos eso pensó que hizo.
Ya su cuerpo no le pertenecía.
Completamente inmóvil sosteniendo
un sentimiento constante que unificaba todo lo que se puede sufrir en un solo
sufrimiento y unía todas las lágrimas en un solo gemido mudo, veía solamente el
final del vestido verde con florecitas y los pies todavía fuertes, valientes e inalcanzables de Mariana tendidos en el suelo. El costado del sillón, que era su
cárcel, le impedía ver el resto del delicado y diminuto cuerpo de su hija. Y
mientras el sentimiento aumentaba eternamente, a pesar de que él en cada
instante juraba que no podía existir sufrimiento mayor, vio en el suelo,
alrededor de la niña, un color. Intenso y doloroso. Fue como si todo el resto
se tornara gris y lo único que podía observar era esa maldita mancha roja que
abrazaba a la flor más hermosa.
III
El tiempo se detuvo.
Sintió a unos centímetros a la
izquierda de su oreja alegría infantil. Confundido miró y vio a su hija. Sin
embargo estaba ella aún tendida en el suelo lejos de él pero al mismo tiempo se encontraba a su lado y le sonría como
siempre lo había hecho.
Christopher con delicadeza llevo
su mano a la mejilla sonriente de Mariana y la acarició. ¿Por qué? Le preguntó.
Ella sonriente lo miró con infinita honestidad y le respondió, con su voz
sencilla, delicada y pequeña, de la única forma que era posible. Con otra
pregunta. ¿De qué otra forma hubieras cambiado la dirección de tu mirada y
llevado tu mano a mi mejilla?
El tiempo siguió.

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